Cine, Drama

La dama de hierro

Aprovechando estos días de Carnaval estoy haciendo un repaso de todas las críticas de cine que me quedan por colgar, y me estoy dando cuenta de que son bastantes. Me falta “Happy feet 2” , la de “Tintin”, la de “Arthur” películas animadas que dejamos un poco en el tintero para que no pareciera un blog monotemático de cine animado. Después tengo un par de comedias, algo de drama…  Y mañana aprovechando que los sobrinos no van al colegio nos vamos todos al cine. Como tenemos que ir adelantando cosas las próximas semanas disfrutaremos de un ciclo de cine en toda regla.

Hoy toca hablar de “La dama de hierro”  (ver ficha) porque se acercan los Óscar y Meryl Streep se configura como la gran ganadora.

No hace falta comentar mucho sobre el argumento. Trata de la trayectoria de la ex primer ministra británica.

 Es muy, pero muy complicado hacer una película biográfica de un personaje. Más si éste ha tenido una vida muy movida, porque cómo metes en una hora y media más de cincuenta años de carrera política. El guionista tiene que sintetizar de alguna manera, tiene que cortar enormes trozos de vida, elegir centrarse en el ámbito privado o en el público, o unir los dos en una coexistencia plagada de dificultades.  Para salir bien parado hay tener además de un buen guión, que carezca de un posicionamiento claro, un director que sepa cómo tratar con personajes reales a los que conocemos por haber formado parte de nuestra vida de alguna que otra manera. 

En el caso de “La dama de hierro” el peso recae sobre su directora, Phyllida Lloyd, más conocida por la comedia romántica musical, “Mamma Mia!” en la que también participaba Meryl Streep.  Pasar de hacer una comedia musical romanticona y ñoña a una propuesta seria basada en una de las mujeres que inspiró mas terror, es un salto muy grande que ha terminado con un gran golpetazo.  Con esto no quiero decir que la película no esté medianamente bien, lo está pero podía haber sido muchísimo mejor.

“La dama de hierro” está contada en forma de recuerdos. Comenzamos con una Margaret mayor, saliendo a comprar una botella de leche y quejándose a su marido de que está muy cara. Luego descubrimos que el marido falleció hace unos años. A partir de la mente rota de la señora Thatcher, incapaz de entender su entorno actual pero con recuerdos muy vívidos de su pasado, asistimos a sus comienzos como política, a su papel de madre, de parlamentaria, de presidenta. Vemos como se enfrenta al terrorismo, a los sindicatos, a los argentinos… a todo aquellos que no piensan igual que ella.

Y todo lo hacemos a través de pequeños recuerdos a veces no muy bien ensamblados y que están tratados muy brevemente. Si no conoces al personaje, qué papel ha tenido en la política de los años ochenta puede que no sepas exactamente qué es lo que pasa. Pero esto es lo que ocurre cuando quieres meter  más de cincuenta años de vida política en una hora y media aproximadamente. La única manera de hacerlo es recurrir a simplificar tanto los hechos que la han hecho famosa que se pierde mucho la esencia, y el espíritu de esta mujer. Olvídate de entender qué hay detrás del problema obrero, del caos que se produjo en la minería, de los hechos que una vez la convirtieron en la más odiada, de sus relaciones con personajes muy importantes a nivel mundial, de los motivos que la convirtieron en un referente político en su momento. Nada de eso aparece. Y la culpa la tiene Abbi Morgan, la guionista, que se ha dejado llevar por el sentimentalismo – una mujer mayor perdida en sus recuerdos y que habla con su difunto marido- que por la cruda realidad.

Al final nos quedamos con un retrato con toques feministas, en el que se muestra como una mujer fiera con sus ideas se hace con el poder de un entorno típicamente masculino. Basta con comparar las sesiones de Thatcher en el Parlamento cuando era una simple ministra, ridiculizada por sus contrarios, con el respeto que le tenían todos una vez ganada la guerra, y asegurada su posición de poder, no hay nadie que le levantase la voz.

Tenemos que añadir como elemento negativo el tono “simpático- hay escenas divertidas- le resta drama al conjunto. Con esto no quiero decir que no se deba meter un poco de humor, pero no pega con el personaje.  Para rematar el conjunto no ayuda nada que la directora le haya dado un toque ligero a todo el metraje. Margaret Thatcher era conocida por La Dama de Hierro por algo y aquí ese algo está ausente.

 Si en cuando al desarrollo de la trama deja mucho que desear, otra cosa es la interpretación. Una vez más está claro que Meryl Streep es la mejor actriz viva en la actualidad. Haga  lo que haga está mujer está perfecta. Incluso aquí. La caracterización estupenda, y Meryl magnífica la ahora de imitar la postura, los guiños y los gestos de la ex primera ministra.

Si comparamos el papel de Glen Close (Albert Nobbs) con el de Meryl , ambas candidatas al Óscar, el premio va para la segunda.

Creo que al final “La dama de hierro” adolece de lo que adolece gran parte de las biografías: quien mucho abarca poco aprieta. Phyllida Lloyd ha intentado hacerlo todo y solo ha logrado una película agradable de ver, pero que no te muestra quién ha sido Margaret Thatcher.

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3 comentarios en “La dama de hierro”

  1. ¡Gracias por esta reseña cinematográfica! Es una película por la que siento curiosidad, aunque de momento esperaré para verla. ¡A ver qué pasa en la entrega de los Oscars! ¡Saludos!

    1. Jesús en el caso de mejor actriz aunque me gusta Meryl yo creo que lo tienen complicado para ganarle a Merrilyn, la actriz hace un muy buen papel y tiene también una caracterización espectacular. La pena es no poder ver esta cinta antes de saber los premios. Así es imposible juzgar bien quien se lo merece más.

  2. Está en cartelera la película ganadora de dos Óscares. Uno por maquillaje y el de mejor actriz a Meryl Streep. La película, como tantos libros y discursos, dura más de una hora más no sostendría por 15 minutos ante las pantallas a los asistentes si no fuera por la actuación y caracterización de esta experimentada diva. Y por algunos de sus parlamentos.

    Margareth Thatcher, con razón apodada La Dama de hierro, se irguió frente a los flemáticos y tercos ingleses por 11 años con su genio impertérrito y su palabra convincente. Enseñó al siglo y a sus congéneres de ambos sexos que la política es un arte y no una serie de artilugios para tapar verdades.

    Al solio que ocuparon Disraeli, Chamberlain, Eden, Churchill y otros hombres que lidiaron con apetitos y veleidades de sus partidarios y opositores y franquearon dificultades y ataques subterráneos, llegó la Thatcher a darle nuevo brillo y a imponer un nuevo estilo de gobierno.

    Tal vez exagero si digo que una frase resumiría el talante que hace ver Meryl Streep del rol de aquella primera Ministra de voluntad inquebrantable y enemiga del soborno.

    “Antes tratábamos de hacer muchas cosas, ahora tratamos de ser muchas cosas”. Cómo es de fácil decirlo, pero cuán difícil es ser fiel a un pueblo, a una idea, a un programa de gobierno para el cual alguien se postula y los ciudadanos esperan que se cumpla letra a letra sin disculpas. Más bien, optan por cambiar de cara o esconderla.

    Es fácil ser de hierro y llegar a ser un Hitler, un Idi Amín, un dictador omnipotente y sanguinario. Basta con seguir las huellas nítidas del manual de Nicolás de Maquiavelo. El mandatario deberá acercarse al pueblo, abrazar niños y a continuación ordenar subir impuestos, perseguir a sus contrarios hasta llegar a destrozar vidas, carreras y fronteras nunca antes holladas.

    Pero es más difícil llevar en la mano, ante la faz de todos, la luz de la verdad, la voluntad de vencer dificultades, de hallar razones para conseguir el bienestar de los más necesitados – que son la mayoría de los asociados de una nación cualquiera -. Y la Thatcher logró hacerlo. No le hizo falta el fuste de caballista de pura sangre inglesa. No necesitó acudir a medidas de fuerza ni socorrió a estratagemas para engañar a su pueblo.

    El mundo – y Colombia -, necesitan soluciones a problemas de mercados internacionales, de relaciones equitativas con países vecinos y amigos, de estímulo a la producción vernácula y agraria, de paz interna y resolución de conflictos, de satisfacer la sed de empleo, de salud, de mejores vías y del respeto de los derechos humanos.

    La agenda de un príncipe es simple y no podrá escudarse en que falta dinero o que la Naturaleza le es adversa. Ese es el quid de su mandato. No se postula alguien para que su mandato sea plácido y sin muros que saltar. Nadie esperará que la olla esté llena y pueda sacar bocados cuando el hambre le invite a alzar el brazo. Un Estado requiere vigor, serenidad, mano firme y corazón valiente. Sin los excesos de un poder a ultranza.

    No se trata de volverse un tirano en el trono por tener las mayorías y convertir al pueblo en un rebaño de ovejas que soportan el esquilme, el hambre y que aguantan el dogal para ser llevadas al matadero.

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