Cine, Drama

Festival de cine 4+1

Gracias a Sensacine pudimos disfrutar del Festival de cine 4+1 de la Fundación Mapfre. Durante unos días nos tocó ver películas diferentes a las habituales, pequeños fragmentos de realidad que nunca podríamos ver en las pantallas grande de nuestro cine. Y mucho menos si vives en una pequeña ciudad.

Dado que teníamos sólo unos días para ver las propuestas presentadas en la sección oficial tocó seleccionar aquellas más interesantes, o que nos llamaban la atención por su cartel. Elegimos dos películas estadounidense, una iraní, una uruguaya, una centroeuropea, una china, y dos documentales franceses. No ha estado nada mal.

festival

Empezamos  con La demora  del cineasta uruguayo afincado en México Rodrigo Plá que obtuvo pro esta película el Premio del Público 4+1. La historia nos cuenta como una mujer, desesperada por las circunstancias de la vida deja a su padre enfermo de Alzheimer en un parque para que lo vayan a buscar la ambulancia y lo lleve a una residencia, pues ella se ve incapaz de cuidar de él. Está muy bien rodada, sin grandes aspavientos, con un profundo respeto no solo para los que son abandonados sino para los que se ven obligados a abandonar. No hay grandes dramas, ni sentimentalismos, sino la dura realidad vista desde la sencillez y la emotividad. Esta cinta fue elegida para representar a Uruguay en la carrera de los Óscar dentro de la categoría de Mejor Película de habla no inglesa.

En cuanto a las propuestas estadounidenses, una fue Terri que criticamos hace unos días. Una película de Azazel Jacobs que oscila entre la comedia y el drama cotidiano de un par de inadaptados, uno adulto y otro juvenil. Me gustó, sobre todo por la labor del protagonista, Jacob Wysocki, que pese a ser su primera participación en una película lo ha hecho muy bien. Es una cinta que podría verse en el cine sin grandes problemas, aunque sus pausas puede que no gusten a todos.

La otra cinta fue Bellflower un thriller que adolece del mal del director-actor, es decir, cuando un director también hace de actor principal. Puede estar muy bien para ahorrar costes pero lleva a que la propuesta planteada gire en torno a un protagonista bastante apático al que el director-actor no sabe darle la suficiente fuerza para ser atractivo. Luego está el guión, simple en su contenido –un joven conoce a una chica, se van de viaje, se enamoran, la cosa no va bien- y que al final enloquece del todo dando una buena de rueca que como no estés atento, puedes llegar a no entender el final. Filmada de modo cutre, como de cámara en mano, con planos móviles y con la pantalla sucia, es decir, en diversas escenas la pantalla está llena de manchas que entorpecen la visión, y que resulta un tanto molesta. Dan ganas le levantarse y empezar frotar con un paño del polvo para poder ver mejor. La crítica le pone un notable alto, pero para mi gusto, su estética y el lenguaje utilizado para contarnos la historia es demasiado simplista y nada novedoso. Poco arriesgada.

En Land of Oblivion de Michale Boganim –producción francesa, alemana..- retrocedemos en el tiempo hasta Chernóbil. Año 1986. Es un día apacible, un padre planta con su hijo pequeño un árbol de su tamaño esperando ver cómo va a ir creciendo con los años. Una pareja enamorada disfruta de sus últimos instantes antes de darse el “sí, quiero”. Las gentes tranquilas, trabajan en el campo. Una visión bucólica que se rompe y que da paso a otra forma de entender y de enfrentarse a la vida. Ha sido interesante la manera en que el director da su visión de lo sucedido alejando de todo elemento emotivo, huyendo de la sensiblería pero renunciar a la profunda carga sentimental y personal que supuso el accidente nuclear.  El inicio, lleno de tranquilidad y serenidad, es bueno. El final, por el contrario, es un tanto peculiar con historias que no acaban de cuajar del todo. El resultado global es bueno.

Totalmente diferente fue Goodbye, el director Mohammad Rasoulof que retrata la desesperación de una mujer con un país que no la entiende. Ahora estoy leyendo Los desesperados de Amin Maalaouf, en un momento determinado el protagonista del libro reflexiona sobre sus razones para huir de su país natal y establecerse en otro lugar, lejos de su familia y de sus raíces. Para él la cuestión es fácil porque lo que importa no es lo que uno haga por su país, sino lo que el país haga por uno. Cuando el país no puede ofrecerte aquello que necesitas no le debes nada y puedes buscar el otro lugar una vida mejor. Y eso es lo que quiere hace la protagonista de esta película, una joven abogada defensora de los derechos humanos, apartada de su profesión (malvive haciendo cajas decorativas) y lejos de su marido (un periodista con ideas peligrosas según el gobierno) que se embarca para huir de su país. Su embarazo, los problemas de salud de la niña, las dudas, la desesperación de lo que la rodea marca el tono y la visual de cada imagen. No hay colores, es todo oscuro, triste y deprimente. Además está rodada de tal modo que tiene tanto protagonismo los actores como el escenario, pues éste se mantiene inmóvil, visto a través de una cámara fija y los personajes entran en él, salen, cruzan por ese espacio como elementos temporales. Me ha gustado aunque al final te deja con una sensación de desesperación bastante aguda. La actriz protagonista, hace una interpretación maravillosa.

Seguimos en oriente pero nos vamos a Hong Kong con Life without principle de Johnnie To. Empezamos con el asesinato en una pequeña y destartalada pensión. Seguimos luego al policía encargado de la investigación hasta un pequeño piso, donde su entusiasta mujer le lleva de un lado al otro enseñándole lo que podría ser su nueva casa. Pasamos luego a seguir a una joven que trabaja en un gran banco que debe vender un producto financiero para conseguir superar a sus compañeros de trabajo. A pesar de que la película empieza con una muerte, o más bien con un intento de asesinato, toda ella gira en torno a la codicia del ser humano que es capaz de hacer cualquier cosa por ganar más dinero. Para ello puede matar a un amigo, puede engañar a una anciana, puede invertir todo su dinero en un fondo de alto riesgo sin tener ni idea, puede hacer fiestas continuas, puede robar… puede hacer muchas cosas por el vil metal. En esta cinta los diversos personajes, pese a ser muy diferentes entre sí, verán cómo sus vidas de interrelacionan por cuestiones monetarias. Una propuesta que tal y como están los tiempos, está de plena actualidad. Era ver como la joven del banco embaucaba a la anciana para que metiera su dinero en una inversión de riesgo para darse cuenta de que eso mismo ha pasado por aquí no hace mucho. La codicia es un sentimiento universal.

Llegamos a los documentales. Los dos franceses y los dos muy distintos.

El primero fue Crazy Horse. Lo elegí porque tenía una nota alta y porque su cartel de presentación era bastante intrigante. Pero mi gozo en un pozo. Quizá la decepción se deba a mi género –femenino, se entiende- no a mis gustos cinematográficos porque Crazy Horse, de Frederick Wiseman, es un documental que nos lleva a un bar donde unas señoritas con culos respingones bailan desnudas o casi desnudas. Lo único que diferencia al Crazy Horse de un simple bar de desnudos es que los clientes tienen asientos más cómodos y beben champán del caro. Las bailarinas –de culo respingón- se limitan a contonearse con relajación, y en vez de saltar se mueven lánguidamente como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Aquí nada de tener una barra horizontal donde una joven desnuda da vueltas y vueltas como si de un molinillo se tratase. Y lo de meterle un billete en la tanga tampoco se lleva que estamos en Francia. Los números musicales son de todo un poco, van desde interpretar a animales salvajes  a astronautas, con aventuras de todo tipo.  Lo peor de todo quizá es que hay gente que se toma en serio toda está esta coreografía (ejem, ejem). Menos mal que nos separan los Pirineos.

El caso es que el director francés con esta película se adentra en el mundo de otra institución típica de París – ya lo había hecho con la Comedia Francesa y con el Ballet de la Ópera- pero no lo hace con una gran carga personal, sino que lo que retrata es toda una serie de bailes sensuales y poco más. No se adentra en la vida de las bailarinas –tantos años de ballet para acabar desnudas delante de un montón de gente-, ni en sus éxitos ni en sus fracasos. Ni tampoco retrata a las personas que acuden al lugar. No sé, es un documental que no me gustó ni por su contenido ni por la forma de adentrarse entre las bambalinas del Crazy Horse. Parece más bien un folleto publicitario del lugar. Pero como digo puede que la carga negativa de este propuesta por mi parte se deba a que pertenezco al género femenino, y la verdad es que ver a una serie de mujeres de culo respingón desnudas moviéndose a cámara lenta, o mostrando el culo respingón –lo repito porque para que te cojan como bailarina lo tienes que tener uno así y saber mover con ritmo- no es algo que me llame la atención. Si fueran hombres puede que la cosa sea distinta. Lo que me lleva a otra cuestión ¿por qué en estos club solo bailan mujeres y no hombres?

Otro documental fue Les Éclats donde Sylvain George se adentra en la vida de un grupo de inmigrantes que llegan a Calais de diversas partes del  mundo. Rodada el blanco negro es muy visual, en el sentido de que hay poco diálogo, de modo que en muy pocas ocasiones se “entrevista” a un inmigrante. Lo que hace Sylvain es coger la cámara y filmar lo que ve sin llegar a interrumpir la dura vida cotidiana de estas personas. Un documental interesante, bien rodado y con una estupenda fotografía pero frío en su contenido, lo que hace que la carga de crítica social quede muy menguada en muchas ocasiones. Pese a ello, es otra forma de hacer documentales, una mirada distinta de lo que vemos habitualmente.

Como podéis ver ha sido unos días llenos de cine de diverso tipo. Una experiencia que nos ha permitido conocer otras filmografías y que vale la pena repetir.

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