“Mascotas” una locura desmedida

mascotas¿Qué hacen nuestras mascotas mientras estamos fuera? Es una pregunta muy interesante que hace unos años la BBC decidió responder usando cámaras en las casas de diversos dueños. La respuesta no fue muy emocionante, pero servía como base para intentar corregir ciertos hábitos perniciosos de los animales, como comerse las patas de la sillas. Es evidente que a Chris Renaud (Gru, mi villano favotito 2, Lorax en busca de la trúfula perdida) y  a Yarrow Cheney, directores de Mascotas, no le interesaba una película de corte documental sino que buscaban desenmascarar las locuras de nuestros animales de compañía. Dio muy buen resultado con Toy Story, con los juguetes cobrando vida cuando dejabas de verlos,   así que era una apuesta casi segura segura.

Max es un perro que adora a su dueña, Kate, que lo compró cuando era un cachorro. Desde que están juntos el amor incondicional de Max por su dueña es absoluto. Además es un buen perro que no destroza nada cuando ella se va a trabajar. Tiene como amigos a Chloe, una gata muy perezosa y a un conejito de Indias que se ha perdido entre los tubos de ventilación del edificio. Todo cambia cuando Kate trae un nuevo perro a casa, Duke, un mestizo que le triplica en tamaño. Lo que más le molesta a Max es que deba compartir el amor de Kate, pero Duke no está dispuesto a abandonar su nuevo hogar. Por desgracia un enfrentamiento entre ambos en plena calle los termina conduciendo hacia la perrera, pero por suerte son salvados por un grupo de antiguas mascotas, lideradas por un loco conejo blanco llamado Pompón.  Sigue leyendo

Cómo comportarse en el cine. Decálogo de buenas maneras

espectador

Esta semana ha salido a la luz una pequeña polémica que ha conseguido llegar hasta el Defensor del Pueblo de la comunidad en la que vivo. El problema surge porque unas cuantas madres con niños diabéticos se sienten furiosas porque creen que sus derechos no son respetados ya que no se les permite llevar la merienda al interior del cine. Aseguran que sus hijos por su enfermedad necesitan controlar de un modo más estricto lo que comen y cuándo lo comen. Ellas desean lograr que se les permita llevar la fiambrera con el yogurt, galletas y demás cosas al cine y que los niños merienden allí. Como algunos comentaristas han manifestado en la noticia, el cine no es un lugar público, es un negocio, por lo que el dueño puede establecer las normas de entrada. Si se decide no permitir la entrada de comida del exterior se debería respetar. Entonces por qué se permite la comida que proporciona el cine. Más allá del deseo de aumentar el beneficio económico no es lo mismo limpiar –o barrer- unas cuantas palomitas que intentar quitar el yogurt se le ha caído al niño, o el chocolate, o el bocadillo de anchoas… Seguramente las madres tiene muy buena intención pero el afán de polémica –auspiciado por las redes sociales y las páginas de defiende todo tipo de propuestas- ha hecho que nos olvidemos de que no somos los únicos que tiene derechos. Es cierto que los niños diabéticos tienen derecho a ir al cine pero yo también tengo derecho a sentarme en un lugar que no esté pringoso –ahora que te dan el asiento numerado es difícil cambiar si éste no te gusta-, ni a oír cómo la madre le pide a su hijo que abra la boca para comerse el yogurt. Conozco gente que es diabética y no sufre ningún problema cuando quiere ver una película, y no van con la fiambrera.

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“Independence Day: contraataque”o como salvar la Tierra sin sentimientos

independence day

Al comienzo de toda película siempre nos indican a la edad a la mínima que es aceptable para poder visualizarla. Las propuestas infantiles son para todos los públicos, otras requieren que los menores vayan acompañados de adultos (hay escenas que pueden no se aceptables) y en otros casos su entrada está vetada. En el caso de Independence Day: Contraataque deberían poder como advertencia “apta para todo el público comprendido entre los catorce y los veinticuatro años”. Los más pequeños están excluidos porque las escenas de violencia pueden resultarles sobrecogedoras, los que ya son un poco mayores pero no han cumplido los catorce años porque están creciendo y debemos darle a su cerebro material intelectual de primera calidad. Para los que superan los veinticuatro años porque existe en riesgo de pensar “qué diablos hago aquí”.  Así que el rango queda bien definido, solo es apta para aquellos que solo buscan diversión palomitera mientras se zampan un refresco al que han aguado en exceso.

 En 1996 Roland Emmerich decidió apostar por actualizar con todo el poderío de Hollywood el cine catastrofista de ciencia ficción, o sea, la invasión de la Tierra por una raza de alienígenas con muy mala baba. Así nació Independence Day que relataba que con mucho esfuerzo, algo de suerte, imaginación y mucho valor -recordar con los discursos apasionados del presidente del los Estados Unidos interpretado por Bill Pulman- la humanidad lograba vencer a un enemigo que había venido más allá de nuestro Sistema Solar. La virtud de esta cinta radicaba en la grandiosidad de la apuesta, en la mezcla de estilos y en la sabía elección de los actores protagonistas. Jeff Goldblum estaba genial como el científico David Levinson, y Will Smith como héroe que defendía los valores familiares de estadounidense medio, y que lo hacía además de manera a veces muy divertida. La escena en la que le da un puñetazo al extraterrestre ya es parte de la historia del cine. Se unían así, el cine de catástrofes, el bélico, la comedia, el drama, la ciencia ficción… una mezcla bien equilibrada. Pero no podemos decir lo mismo de la su continuación Independen Day: Contraataque. Sigue leyendo